Hoy recibimos en Firmas Invitadas a Concha Diez-Pastor Iribas, la mayor estudiosa de Carlos Arniches Moltó, el primogénito del dramaturgo. Estamos ahora descubriendo el pensamiento de Carlos Arniches Barrera. Son “mensajes” que nos han llegado a través de sus obras: mensajes de amor, de honradez, de valentía… Mensajes que nos dan una altura de un ser humano inalcanzable para el resto de los mortales. Si el padre de una familia fue así, si la madre, Pilar Moltó, dio muestras de una enorme capacidad de trabajo, inteligencia y amor desinteresado…, su descendencia, la de ambos, la de Carlos y Pilar, tenía todos los mimbres para ser excelente. El primer hijo que descubrimos en estas páginas es el mayor: Carlos Arniches Moltó. Arquitecto de profesión. Como dice Concha -“podía haber sido pintor o escritor…”- tales eran sus cualidades.

Gracias a todas las horas de investigación de esta mujer prodigiosa, hoy podemos leer por vez primera, quién fue el primer fruto de este matrimonio. Os recomiendo una lectura pausada, tranquila, incluso en voz alta, escucharéis la pasión que Concha pone en cada palabra, en cada adjetivo, en cada frase…

Concha Diez-Pastor Iribas, el 2 de Novimebre de 2019 en la primera reunión del Universo Arniches en Madrid.

 

 

Concha Diez-Pastor Iribas

LA ARQUITECTURA Y EL MUNDO. CARLOS ARNICHES MOLTÓ, EL HIJO ARQUITECTO

 

El intento de abordar el estudio de un arquitecto como Carlos Arniches, sobre el que el desconocimiento tenía casi las mismas dimensiones que los prejuicios, todo mezclado con una incomprensible falta de interés apenas cuarenta años después de su muerte, parecía hacer la tarea titánica en ocasiones y hasta inabordable. Lo que se conocía de él como arquitecto era muy poco y podía resumirse en el Hipódromo de La Zarzuela, considerada por la corriente entonces dominante «su obra clave» (en colaboración), y unas cuantas «obras menores», satélites. A juicio de aquella corriente, que se consideraba a sí misma la «intelectualidad arquitectónica», «nada de interés». Porque, según declaraban cuando condescendían a hacerlo, ninguno de los satélites alcanzaba a explicar el gran astro que otros, aprovechando la coyuntura bélica, no tardarían en apropiarse.

Más de una vez, aquella misma supuesta «intelectualidad» ha señalado errores de investigación o de planteamiento donde no los hay. Poseedora de la llave que podría deshacer algunos malentendidos, y también de documentos, y preguntada insistentemente por todo ello más de una vez,1 negó con firmeza que nada de aquello existiera, a veces con excusas tan absurdas como poco verosímiles. Quienes ahora acusan de poco veraces investigaciones serias y rigurosas, quienes ponen en tela de juicio la validez de la firma personal y de los documentos como herramientas que demuestran la autoría de una obra de arquitectura, son los mismos que ahora producen documentos «nuevos», de ésos que decían que jamás habían existido, o que habían desaparecido en disparatadas circunstancias, según sus propias palabras.2

El proceso, es cierto, es de lo más arnichesco. Porque tiene gracia, esa gracia natural que don Carlos Arniches, el eximio escritor, supo infundirle a su hijo Carlos, el arquitecto, o muy probablemente, éste absorbió de manera espontánea. Para la vida, claro, no para los rigores de su profesión, en la que era eficiente y efectivo además de riguroso. La realidad, tozuda cuando busca una explicación según la verdad de los hechos, demostró ser otra muy distinta de la creencia general. Y para encontrarla fue necesario adentrarse en el fascinante universo de Arniches, una de las experiencias más enriquecedoras para cualquier enamorado de la vida, la alegría, la creatividad y la verdad. Como explica María Victoria Sotomayor al hablar de Pilar Moltó, ese universo es un mundo plagado de tesoros complejos y sugerentes, otro de los cuales fue Carlos Arniches Moltó, Carlos hijo, el primogénito de la pedagoga Pilar Moltó y del escritor Carlos Arniches.

Reconozco que mi interés por Carlos Arniches Moltó, este gran arquitecto, había echado raíces profundas mucho antes que mi decisión de estudiar arquitectura. Mi afición por la arquitectura, en cambio, creció pareja al descubrimiento de aquel personaje único, irrepetible solían decirme, del que tuve la suerte de oír hablar y saber a través de amigos y gente que lo conoció y lo trató mucho, con afecto y admiración. Así supe que Carlos Arniches hijo era un enamorado de la arquitectura, pero sobre todo, del mundo. Del inmediato a él y del más remoto, de la gente, de la vida. Y todo eso se manifestaba en su obra, en sus obras, muy numerosas. Porque, aunque durante nueve años tuvo un socio ocasional en algunas obras relevantes, fue arquitecto durante cuarenta años.

El universo de Carlos Arniches hijo es algo diferente de lo que aquella corriente, la dominada por la supuesta «intelectualidad arquitectónica», repetía de manera incansable. Más allá del casticismo, que se le asignaba por herencia, patente, aseguraban, en la abundancia de arcos en una arquitectura moderna como pocas –fueran de medio punto, parabólicos o de otra índole– donde otros habrían hecho huecos adintelados sin dudarlo, y los hicieron, y de los elementos que resultaban anecdóticos al sacarlos de contexto y privarles del sentido natural que tienen de configuradores espaciales, Carlos Arniches era quizá el arquitecto con más personalidad y más reconocible de todos los de la Generación del 25, junto con Manuel Sánchez Arcas y Fernando García Mercadal. De una personalidad resplandeciente, única, transmisora del universo de Arniches en el que creció, el que construyeron sus padres. Un mundo intelectualmente sólido, profundo, creativo y rico, presidido por el rigor. Ese detalle se había pasado por alto y era la clave para reconocer e identificar su obra, sí, pero, sobre todo, al ser humano. Para entender lo que le unía al mundo que le rodeaba por todas partes.

Carlos Arniches Moltó realizando una visita de obra en «El Pinarillo», en 1944. Foto de Víctor de la Serna. Archivo C. Diez-Pastor.

 

 

Ni una sola de las personas que le conocieron dejó de referirse de manera espontánea, casi como primer detalle, a su personalidad arrolladora, a su sentido infinito del humor, a su bonhomía, a su elegancia. Física y externa, de dandy decían, pero mucho más a su enorme elegancia espiritual. Todos plagados de anécdotas. Como Fernando Chueca Goitia, su amigo y más tarde, catedrático de la Escuela de Arquitectura, con el que paseaba un día por cierto rincón que tanto le gustaba. Andando por un camino en medio del campo, divisaron una pequeña casa y, cortando la conversación y señalando hacia lo alto, Carlos exclamó: «¡Mira, Fernando, mira esa casita! ¿A que no parece de arquitecto? ¡Es maravillosa!» O aquél otro día, en la durísima postguerra que sufrió, en época de escasez y constantes cortes de luz, cuando iba de vuelta en coche hacia Madrid, de noche, con un amigo, el mecanismo que mantenía encendidos los faros del coche falló y Carlos exclamó: «¡Apagón general!»

Como toda la familia Arniches, Carlos irradiaba luz. Era un personaje verdadero, generoso, optimista. Tal como recordaba Fernando Chueca Goitia «era un hombre que tenía un sentido nada ególatra, nada presumido y además tenía una idea no demasiado buena de los arquitectos». Aportó a la arquitectura española parte de la luz que no habría tenido de haber caído en los brazos de las corrientes europeas más extremas del momento. Sólo se le igualaba la vis moderna de Fernando García Mercadal, el visionario de la Generación del 25. Arniches introdujo el entorno en sus edificios como un elemento arquitectónico más evitando relegarlo al papel de mero complemento, redefinió la plaza y todos los conceptos afines, usó y redefinió el arco y las arquerías, empleó las cubiertas inclinadas –de teja, de pizarra– sin complejos, con el mismo sentido moderno con el que usaba las aterrazadas, redefinió el balcón e inventó la terraza en fachada, usó el ladrillo visto para su arquitectura moderna con el mismo desparpajo con el que usaba el hormigón visto, las estructuras mixtas o los voladizos de hormigón. Todo, siempre, con el fin de hacer arquitectura moderna, como correspondía a su generación, a su época y, sobre todo, a sus convicciones, pero siempre arquitectura moderna española. Esto es, con otra luz, otro clima, otro entorno, otras necesidades. Por eso, o quizá por su educación esmerada, en la que dibujó con afición y estudió geografía dibujando mapas, conocía España como muy poca gente. La recorrió, viajó, aprendió a amarla desde sus primeros años y por eso sabía que es colorida y luminosa. Y quizá por eso, nunca renunció al color en sus obras. Ya fuera plasmándolo en las paredes, ya combinando los materiales y sacando partido de los tonos que ofrecen, pintando murales con mapas y planos de la zona, o plasmando dibujos geométricos de colores estridentes, o combinando colores, acabados y texturas, o jugando con las luces, las sombras y las penumbras, el color estaba siempre presente en las obras de Carlos Arniches. En todas. Frente a la norma tácita del Movimiento Moderno de evitar usar color, Arniches lo empleaba sin complejos, como quedó patente en más de una ocasión. Fue, por ejemplo, muy comentada la opinión que dio Le Corbusier cuando, en su visita a Madrid en 1928, tuvo ocasión de ir a ver la casa de un gran amigo de Carlos Arniches que éste acababa de reformar, en cuyo vestíbulo de entrada había hecho lo que él denominaba «un ferroprusiato en la pared»3: un gran mural en azul intenso, el mismo que entonces tenían las reproducciones de los planos. El suizo, al encontrarse con el mural de frente, por sorpresa, exclamó: «C’est épatant!» (¡Es asombroso!)

Aquella casa reflejaba otro detalle, crucial para explicar el universo de Arniches, e inhabitual en las obras de otros colegas de la Generación del 25, a pesar de que era un claro signo de modernidad: el gimnasio. Como deportista de élite desde la infancia, tirador, hermano del que llegó a ser campeón de España de esgrima, y sabiamente educado en la importancia del deporte para el desarrollo físico e intelectual, Carlos Arniches no concebía la vida sin la posibilidad de hacer deporte y ejercitar el cuerpo. El gimnasio, imprescindible cuando sus clientes se lo pudieran permitir, era casi una constante en sus obras y una gran novedad en la arquitectura de entonces. Uno de los más alabados fue el que construyó para la película La señorita de Trevélez, basada en la obra homónima de Carlos Arniches el escritor, su padre. Pero no menos destacado fue el de la casa que le hizo a Luis Escobar. Por eso resultaría chocante que la vivienda de José Luis Diez Pastor y la de su cuñado Manuel Romero Viéitez, carecieran de gimnasio, salvo que se explique que ambas estaban en el campo, donde tenían caballos –el deporte preferido de ambos– y podían dar largos paseos al aire libre.

El aire libre. ¡Ésa era la otra gran prioridad de Carlos Arniches! Como metáfora del mundo, de todo lo que no fuera arquitectura, Arniches lo entendía como inseparable de su arquitectura, como la mejor explicación y la razón de ser de lo que hacía. Además de su sexto sentido para el paisaje, que le orientaba siempre en la elección de la mejor ubicación para sus obras, sabía percibir el entorno y el exterior con todos sus matices y en todas sus formas, en los detalles y en conjunto, siendo consciente de las distancias, las orientaciones, las perspectivas, los colores. Era capaz de entender, más allá del prejuicio urbano habitual, que el entorno no es un decorado para la arquitectura, sino parte esencial de ésta. Por ello, tenía un concepto del entorno inmediato, del entorno cercano, del entorno lejano, del entorno remoto, del jardín, del paisaje, del campo. Sus obras tenían porches y terrazas abiertas a jardines íntimos que, por medio de caminos y elementos intermedios, conducían al exterior y, de ahí, al campo abierto. Desde las ventanas y balcones se podía salir al exterior o dejar que el exterior entrase en la casa o el edificio, buscando perder la mirada, observar un amanecer o una puesta de sol, reflejarse como en un espejo en el vidrio oscurecido por la noche u otear el paisaje espectacular al que nunca renunciaba. En definitiva, ser conscientes de que había mucha vida más allá de la arquitectura. Entendía el entorno como la clave de la conexión humana con el mundo, llena de matices, comprensible por medio de transiciones. O como dice Baldellou, era capaz de «transformar un sitio en un lugar». Así lo demuestran las viviendas que hizo, empezando por su propia casa en El Escorial, una «casita de fin de semana», como él mismo la llamó. Pero no solo las viviendas.

Tres «casitas que no parecen de arquitecto» de Carlos Arniches. De izquierda a derecha, casa del guarda de «El Pinarillo» (©Jaime de la Serna); vivienda en la Ciudad Ducal (alzado lateral); y «casita de fin de semana» de Arniches (©Concha Diez-Pastor). Documentos del Archivo C. Diez-Pastor.

 

 

El sentido pedagógico del entorno era evidente siempre, pero lo fue aún más, si cabe, en sus edificios escolares en la Colina de los Chopos. El Instituto de enseñanza secundaria y el Parvulario del Instituto Escuela que hizo para la JAE –la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas– y el edificio de la Residencia de Señoritas Estudiantes que hizo por encargo personal de María de Maeztu. De ellos, el que mejor refleja el sentido pedagógico es el Parvulario, en el que puso en juego todo lo aprendido de la gran pedagoga que fue su madre, sacándolo a la luz con la brillantez, la modestia y la gracia innata que le caracterizaban. Como hermano mayor de los cinco que eran, había tenido que enseñarles a los pequeños, todos los demás, lo que iba aprendiendo de la vida y sabía que lo que no se explica con convicción no suele obtener resultados. Por eso, en el Instituto Escuela tanto el Instituto como el Parvulario son edificios en los que todos los detalles tienen un claro sentido pedagógico. Y no solo por los niños que iban a hacer uso de ellos. Como Instituto cumplía las necesidades formativas de los niños, pero como Escuela estaba destinado a cumplir las de los futuros maestros y profesores que les daban clase mientras, también ellos, se formaban. De ahí el nombre, Instituto Escuela, sin guión. Como buque escuela. Se trataba de edificios que aprovechaban la luz natural, en los que los niños jugaban al aire libre y, cuando llovía, en los porches. Las aulas tenían vitrinas empotradas en los muros con animales disecados que los niños reproducían en la clase de dibujo. La del Parvulario era, además, ventana, y servía para dibujar desde dentro de la clase o desde el exterior, saliendo a la terraza. Había campos de deporte en los que ejercitarse mientras se aprendía a trabajar en equipo. En el colegio de los pequeños tenían un pequeño estanque con ranas y otros animales de campo con los que los niños se familiarizaban desde antes de empezar a hacer excursiones al campo. Había un pequeño jardín de plantas silvestres recogidas por la provincia, que aportaban colorido a los terrarios en los que jugaban los niños frente a las aulas. Los parasoles, cuya autoría parece querer regatearle la envidia ahora a este arquitecto al que nunca nadie podría negarle su creatividad personal y profesional, tenían, además, un sentido profiláctico, para prevenir enfermedades como la meningitis y las insolaciones al orientar las zonas de juego hacia el sur madrileño. Y todo ello se producía sin descuidar los avances técnicos de toda índole. Fue un edificio firmado por Carlos Arniches el que contó con el primer termostato para regular la temperatura que se colocó en España. Pero también fue Carlos Arniches el primer arquitecto en emplear los hormigones ultraligeros, los aditivos para el hormigón, los aislamientos acústicos y térmicos, las estructuras mixtas, las cubiertas ultraligeras, el mobiliario adaptado a la escala de los niños, y tantas otras innovaciones.

Escalera tabicada de la Residencia de Señoritas Estudiantes. ©Concha Diez-Pastor. Archivo C. Diez-Pastor

 

El sentido del trabajo de Carlos Arniches siempre formó parte inseparable, también, del mundo y estuvo en estrecha conexión con él. Desde el estudio, que siempre compartió, aunque después de la guerra nunca volvió a tener a medias con otro arquitecto, hasta la dirección de las obras, aquella parte del proceso arquitectónico que tanto le entusiasmaba. Por eso fue capaz de hacer la única escalera tabicada de cinco plantas que se conserva en Madrid y que, en su caso, todo el que la ve asegura que es de hormigón, antes de llevarse la sorpresa de que es de ladrillo. Por eso compartió estudio durante casi veinte años con el pintor Juan Esplandiú, al que conocía desde antes de la guerra y con el que, también antes de la guerra, había compartido tertulias en el café La Granja «El Henar» y en la taberna Arrumbambaya. Después de la guerra, Carlos Arniches y Juan Esplandiú continuaron frecuentando juntos tertulias como las del Café Lyon y del Café Gijón, donde solían coincidir con Eduardo Vicente, Cristino Mallo y Pancho Cossío, cuando pasaba por Madrid, entre otros. A ello se sumaban las reuniones en Lhardy con otros arquitectos, artistas e intelectuales, que solían acabar por las tardes clandestinamente en la trastienda de la Librería Fernando Fe, que ya empezaba, en aquellos años de la posguerra, a organizar exposiciones de los jovencísimos miembros del incipiente Grupo «El Paso».

El genio arquitectónico de Carlos Arniches adquirió una nueva dimensión después de la guerra, cuando la vida se convirtió para él en el valor primigenio en toda su dimensión, en su bien más preciado. Nunca dejó de trabajar, a pesar de su condición de exiliado, primero, y de represaliado depurado, después. Pero trabajaba por afición, haciendo encargos para amigos o por solicitud de éstos. Como había hecho toda su vida, se tomaba con el mismo celo la realización de una farmacia o de la camisería de su infancia que la casa de un conocido periodista, la de un catedrático, la sede de una institución pública o los poblados de colonización en los que el régimen pretendía instalar a los desheredados del campo del sureste español. Su preocupación era la hacer arquitectura para mejorar el mundo. En ello ponía la vida, porque la arquitectura y mundo fueron su vida.

Concha Diez-Pastor Iribas

 

Carlos Arniches según la caricatura de Echevarría aparecida en el número de abril de La Gaceta Literaria en 1928.

Notas:

1Cartas personales dirigidas a José Antonio Torroja (del 14 y del 30 de junio de 2000), solicitándole información, documental y de otra índole, sobre las obras de su padre con Carlos Arniches, con motivo de la tesis doctoral, tras las que me concedió una entrevista y acceso limitado a los fondos del CEHOPU, donde el archivo de don Eduardo Torroja se encontraba; llamada telefónica de diciembre de 1999 a Martín Domínguez hijo, solicitando una entrevista que tuvo lugar el 18 de enero de 2000, en la que me explicó que carecía de documentación de ningún tipo sobre su padre, incluidas fotografías personales; y llamadas telefónicas sucesivas a esta misma persona (nunca atendidas ni respondidas), de diciembre de 2002 y de marzo de 2003, la primera para darle opción a conocer la tesis doctoral terminada antes de presentarla a trámite y la segunda, antes de la lectura, por si tenía interés en asistir.

2 Si algo demuestran los documentos arquitectónicos, sean planos, proyectos o cualquier otro, cuando están firmados en vida de quien lo hace, es la autoría de la realización de las obras construidas, de la cual el que firma el proyecto y lo visa asume toda la responsabilidad legal. Toda la documentación que cito y manejo procede de archivos. De todos en los que se hallan los originales, como principio académico esencial. Si no haber conocido personalmente a un autor fuese motivo para considerar a alguien no apto para su estudio, quienes falsamente me acusan deberían de abstenerse de mencionar a Carlos Arniches, al que según sus propias palabras tampoco conocieron personalmente; pero, además, nadie estaría en posición de investigar a Goya, Velázquez, Miguel Ángel, Juan de Villanueva, Moneo y tantos otros genios del Arte universal. Siempre he defendido como básico otro principio de la investigación académica: que ésta tenga continuidad y sea útil a otros investigadores, más allá de avances y conclusiones particulares, en beneficio del conocimiento, sin otra razón ni motor, presidida en todo momento por el rigor.

3 El ferroprusiato de potasio se utilizaba entonces para hacer copias de planos que, por el color azul intenso con el que teñía el papel resaltando las líneas en blanco, se conocían entre los arquitectos como ferroprusiatos.