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Hoy estamos de enhorabuena. El Universo Arniches sigue creciendo, pero además lo hace en el pasado y en el presente. En el pasado se unen las figuras de Buñuel y Carlos Arniches; en el presente, Javier Herrera-Navarro se une a nuestro grupo de admiradores de Arniches.

Gracias al enciclopédico trabajo de Javier he podido disfrutar de la génesis de esa admiración, que seguro que fue mutua, entre un joven Luis Buñuel y un ya consagrado dramaturgo Carlos Arniches. Permitidme que os traiga una parte del texto que figura en el libro que acaba de salir a la luz: Buñuel lector. Biblioteca, libros, lecturas (1900-1938). Edita: Prensas de la Universidad de Zaragoza. Zaragoza, 2025.

Pues bien, entre la página 631 a la página 657, queda perfectamente detallada esa relación entre ambos intelectuales. Comienza relatando el año 1934, «annus horribilis» para Buñuel. Pues bien, durante 1934, Buñuel, comienza a leer a Carlos Arniches. Nos relata después la conexión con Ricardo Urgoiti y Filmófono y el comienzo de la adaptación de Don Quintín el amargao del teatro al cine. Eduardo Ugarte y Pepe Bergamín eran grandes amigos de Luis Buñuel. Yo incluso me aventuro a decir que probablemente ya desde las reuniones en la finca de los Almendros desde 1922 a 1928, el propio Buñuel, junto al resto de compañeros de la generación del 27, que acudirían invitados por el hijo mayor de don Carlos, el también Carlos Arniches Moltó, arquitecto de la generación del 25, habrían cruzado las primeras palabras con el dramaturgo alicantino.

Después se afronta ¡Centinela, alerta!, que se estrena en Valencia en 1937, El último mono y Serafín el pinturero. Y concluye su estudio con una profunda reflexión que titula: LO ARNICHESCO EN SU FILMOGRAFÍA. (Página 655). Copio literalmente:

«Pero llegados a este punto, lo que resulta pertinente es preguntarse por los criterios seguidos por Buñuel para, previa lectura, haber seleccionado estas cuatro obras de Arniches y no otras para adaptarlas a la pantalla.

Y en todas ellas encontramos un hilo invisible que las conecta: se trata del papel de la mujer como eje y centro de la vida y el abuso que sufre por parte del hombre». Aquí el autor nos refiere al estudio realizado por Nerea Barrón Irigoyen: Arniches tendió su mano.

Como aita (padre) de Nerea, como biznieto de Arniches, no puedo sentir más honda emoción. Estamos haciendo algo hermoso con la memoria y el estudio de Carlos Arniches que, indudablemente, ahora ha vuelto a crecer.

Ahora os traigo la carta de Javier Herrera como colofón a este artículo:

NOTA SOBRE ARNICHES Y BUÑUEL

Un ataque de ciática que le tuvo inmovilizado durante bastante tiempo en 1934 fue el causante de que Luis Buñuel descubriera y se entusiasmara con la obra de Carlos Arniches. Evidentemente por su amistad con José Bergamín y Eduardo Ugarte, casados ambos con dos hijas del dramaturgo, ya lo conocía y lo admiraba, pero fue a raíz de esas lecturas, en un momento clave de su trayectoria, que se decidiera a cambiar de rumbo y llevar a cabo, gracias a su alianza con Ricardo Urgoiti, un tipo de cine de raigambre popular y problemática social, moralizante y de gancho comercial, muy en la línea de lo que por ejemplo estaba haciendo Frank Capra en Hollywood, una propuesta que, aunando lo artístico con lo industrial, desgraciadamente la guerra civil truncó pero que andando el tiempo fue seguida por Edgar Neville o Luis García Berlanga.

 

La importancia de Arniches, pues, fue decisiva y más importante de lo que hasta ahora se creía, ya que trasciende las dos producciones de Filmófono realizadas, Don Quintín el Amargao (1935) y Centinela alerta! (1936), y las proyectadas, como El último mono, con la colaboración de su cuñado, el médico sainetista y arnichesco, Pedro Galán Bergua; e igualmente trasciende la deuda respecto a la famosa frase de «Soy ateo gracias a Dios», procedente del sainete Los aparecidos (1892).

 

En ese sentido se impone una revisión de las conexiones entre ambos creadores, un análisis que nosotros sólo hemos podido anticipar teniendo en cuenta el contexto mucho más amplio de la obra amplia en la que se inserta nuestro estudio. | Javier Herrera