LA SOBRINA DEL CURA
O
LOS ABUSOS DE LOS CACIQUES.

Esta obra se estrena el 12 de Diciembre de 1914 y ambientada en las afueras de un pueblo de Salamanca. Curiosamente Arniches la presenta como un melodrama en dos actos, estando dividido el segundo en cuatro actos, pero solo tenemos tres cuadros en el segundo acto. Es su obra número 20 en solitario.
Carlos Arniches va a tocar dos temas que darán obras completas en el futuro. Por un lado, don Sabino, el sacerdote tiene pinceladas de lo que será su obra maestra 23 años más tarde, El Padre Pitillo, y por otro lado está la presencia de Galo Medina, el cacique del pueblo, que en un plazo de siete años dará lugar a otra de sus obras punteras, Los caciques.
Otra de las características de esta obra es que no queda claro el parentesco de don Sabino con Mónica, ya que cuando explica en el acto I, escena X, dice: “vivo con una mujer, porque murieron sus padres, lejanos parientes míos”.
En otro momento, Lucila, una niña que fue recogida por el sacerdote y por Mónica de una cestita abandonada, responde a la pregunta de por qué vive con el cura (Acto I, Escena III): “Porque era hermano de mi padre, y cuando se murió mi padre me recogió él”.
Sea como fuere, es un auténtico “thriller” para la época, como se verá por el argumento. Por un lado tenemos a Galo Medina, el cacique, y su hijo Santitos Medina, poco agraciado pero con dinero que no hacen sino forzar a las mujeres jóvenes que se les antoja. Santitos ha dejado embarazada a la hija de Cipriana y por supuesto no quiere reconocer al hijo que está en sus entrañas. Cipriana ha presentado las cartas de amor entre ambos y le ha denunciado. Incluimos esta obra en su Etapa Rural.
Unos años atrás, Tomasón, trabajador de la finca del cacique, se enamora de Andrea, hija de Felipe, guarda de la misma finca. Andrea y Tomasón se fugan a Barcenilla con ella embarazada. Al cabo de un año regresan para ser perdonados por Felipe. Galo Medina quería a Andrea para sí y empuja a Felipe al maltrato más desolador contra su hija a punto de salir de cuentas. Tomasón se encara con Felipe y en la pelea está a punto de morir ahogado por Felipe. En un esfuerzo supremo y viéndose morir, consigue sacar la navaja y clavarla en el cuerpo de su agresor. Sale huyendo. Andrea da a luz y muere. Felipe muere a consecuencia de las heridas. Tomasón regresa a por su hija recién nacida y la deja en la puerta de la Rectoral, al cuidado de don Sabino y de Mónica. Esa niña recibirá el nombre de Lucila y crecerá junto a ellos como su única familia.
La obra se inicia el día anterior a la primera comunión de Lucila y otros cinco niños del pueblo: Társilo, Basiliso, Ana María, Pepita y Fermín. Don Sabino les está tomando la lección sobre el catecismo. Arniches disfruta ofreciéndonos unos diálogos divertidísimos ante las preguntas típicas de cuántas son las personas de la Santísima Trinidad, o sobre los Novísimos o Postrimerías del hombre etc. El propio don Simón les ayuda con mímica para responder. La carcajada está garantizada.
El mensaje número 393 lo vemos en la defensa que hace don Sabino de la hija de Cipriana, para él todos son iguales, ricos y pobres.
(Acto I, Escena V)
DON SABINO.- Para mí, no hay ricos ni pobres; para mí no hay más que hijos de Dios. Todos son iguales. El que la haga que la pague. Y ese usurero la paga. ¿Amenazarme a mí?… Echa adelante Cipriana; que no estás tan sola y que vamos a ver quién puede más, si el dinero de un cacique o la justicia de un cura. Andando.
Esta expresión la leeremos en El Padre Pitillo.
Ante la insistencia de Mónica para que no se meta contra el hijo del cacique, don Sabino nos da el mensaje 394: define el compromiso social de la Iglesia a través de sus sacerdotes en el ejercicio de su ministerio.
(Acto I, Escena VIII)
DON SABINO.- ¿Cómo donde no me llaman?
MÓNICA.- ¡Ay que susto!
DON SABINO.- ¡Todo dolor sin consuelo y toda injusticia sin reparación están llamando al cura; y si el cura no va, no es ministro del Señor, es un hombre con sotana!.
Y a renglón seguido nos deja el mensaje número 395: todo se fundamenta en una conciencia limpia, una roca inamovible ante las adversidades.
DON SABINO.- No temo a nada ni a nadie. ¿Cómo se dicen las cosas? Cuando se tiene limpia la conciencia, el corazón del justo es como una roca. Vienen las furias del mar y la asaltan, la golpean, la inundan, la envuelven…; pero, al fin, pasan. La roca permanece. Vengan contra mi todos los peligros, todas las intrigas, todas las infamias; resbalarán sobre mi corazón, y al fin triunfará la justicia. La roca permanecerá. Aquí espero.
Don Sabino espera la visita del canónigo del obispo, don Florencio Orbea, que trae malas noticias. Gracias a las presiones del cacique, Galo Medina, se le ha investigado y han descubierto que vive con una mujer y una niña, algo que está prohibido por la ley eclesiástica y a la conveniencia sacerdotal. Mónica y Lucila deberán marcharse. Don Sabino le cuenta a don Florencio toda la historia.
HISTORIAS DE ARNICHES NÚMERO 87.
(Acto I, Escena X)
DON SABINO.- Vivo con una mujer, porque murieron sus padres, lejanos parientes míos; quedó en el mayor desamparo y quise sustraerla a los peligros de la vida y a los tormentos de la miseria. No sé si es joven y agradable; sé que es bondadosa, limpia y honesta. Ella me sirve y yo proveo a sus atenciones. Es un mutuo servicio inspirado en el amor de Dios, con castidad y decoro.
….
DON SABINO.- Una noche regresaba yo de administrar los últimos sacramentos a un enfermo de mi feligresía. Brillaba una luna clara. Al llegar a la Rectoral y apearme del caballo, en el quicio de la puerta encontré un envoltorio. Salían de él vagidos débiles. Lo entré en casa. Lo descubrimos. Era una niña recién nacida. Mónica y yo quedamos absortos. La criatura abrió los ojos y elevó sus brazos como reclamando perentoriamente su derecho a la vida y al amor. Una tierna compasión se apoderó de mi alma.
….
DON SABINO.- Así lo pensé yo; pero la niña traía prendido a sus ropitas un papel que decía en letra tosca:”Recójala y no la abandone, señor cura. Lo pido en caridad de Dios. Algún día vendré a por ella”. Aquella anónima súplica revelaba un profundo dolor que no pude, que no quise desatender… Y aún sabiendo que faltaba a la ley eclesiástica y a la conveniencia sacerdotal, retuve a la niña… Luego, ella creció; era dulce, cariñosa; y poco a poco en mi alma arisca, montaraz, bravía, prendió un sutil, un tierno, un inefable cariño y ya no pude abandonarla.
A pesar de esta maravillosa historia, nada conmueve el corazón de don Florencio, y la amenaza de perder el curato es inminente. Tiene 24 horas. Mónica, al enterarse, toma la misma actitud que la mujer agraviada en El Padre Pitillo: decide marcharse pidiendo limosna por el mundo. Don Sabino se opone tajantemente.
En ese mismo instante, Tomasón rapta a Lucila, la guardia civil le persigue y le dispara. Herido en un brazo se acerca a la casa del cura y pide asilo. Don Sabino lo esconde y dice a la Guardia Civil que ha huido y que no sabe dónde está. Y cae el telón.
Emocionante final como siempre del primer acto. Nos tiene en vilo hasta que se inicia el segundo y su cuadro primero.
Nuevamente, el Arniches relator de historias, se nos presenta en este acto. Estamos en la casa del cura y es de noche. Tomasón y don Sabino tienen una conversación profunda. Aquí veremos el mensaje número 396: Nadie puede juzgar a otro hombre y calificarlo como malo. Dios escucha al corazón que habla cuando sufre.
(Acto II, Cuadro I, Escena I)
TOMASÓN.- Gracias, señor cura; gracias por haberme curao, por haberme escondío; a mí, que soy un criminal, un hombre malo…
DON SABINO.- Jamás he llamado malo a un hombre sino cuando le he visto abandonar voluntariamente el camino del bien. ¡Qué sé yo de tu vida! ¡Qué sé yo si tú has podido ser bueno!
TOMASÓN.- Tiene usted razón, señor cura. ¿Qué valen los hombres ni su voluntad? ¡La suerte es la que los encamina…, el sino de cada uno!…
DON SABINO.- Vamos, calma, siéntate cerca de mí y cuéntame tus dolores; ábreme tu corazón. Cuando hablan los que sufren, Dios escucha. Habla.
HISTORIAS DE ARNICHES NÚMERO 88
(Acto II, Cuadro I, Escena I)
TOMASÓN.- De mozo, servía yo con otros en casa del señor Galo Medina.
DON SABINO.- ¿Qué hacías?
TOMASÓN.- Labraba la parte de la Solana. Tenía a mi cuidado un par de mulas. El tío Celipe, el cano, era el guarda de to aquello. Con él vivía una hija moza, la Andrea. Trabamos amistad. Yo iba allí, más de la cuenta, y, lo corriente entre jóvenes, al poco nos queríamos a to querer. Al principio el tío Celipe no recelaba de na, así lo aparentaba al menos; más de pronto se dio por sabedor de too, nos puso la proa y comenzó a golpear a su hija y a mí me atemorizaba con tumbarme de un tiro si volvía por aquellos alrededores. De entonces en adelante, too fue a peor; porque, ya se sabe, cariño privao, más deseao, y ni la Andrea podía vivir de golpes ni yo de sobresaltos. Y así anduvimos hasta que, pa no cansar, al remate una noche, ella, ¡es la juventud!…, salió de su casa y huyó conmigo, a Barcenilla, ande trabajamos los dos, y allí supe, me lo confesó la Andrea, que el coraje de su padre lo azuzaba el señor Galo. La quería para él, como otras tantas mozas que perdió.
En Barcenilla pasamos cerca de un año. La Andrea no callaba día y noche:”Anda, Tomás, amos ande mi padre que nos perdone…” ¡No vivía!… A más, estaba ya pa dar a luz y a más enferma. ¿Qué iba a hacer yo?… “Pues amos allá, le dije, que nos perdone, nos casamos y que too se arremate a güenas.” Y con esas esperanzas pa allá fuimos… ¡En mala hora!… Llegamos a la Solana tal que una tarde al caer el sol. El tío Celipe estaba hablando a la puerta de la casa con el señor Galo Medina. De que nos vio llegar, se levantó de un golpe, amarillo de rabia. Andrea se le echó a los pies y él le dio un empetón que la dejó caer al suelo. “Tío Celipe, le dije yo, no sea usté así que aún pue arreglarse too.” “Si los perdonas, te planto en la calle. No quío en mi casa gente sin honra”, le dijo el señor Galo, y el tío Celipe azuzao por aquello, se vino pa mí, clavándome unos ojos que metían espanto, y me gritó: “¡Ya verás como arreglo yo a los ladrones como tú!”, y fue y me echó acuello las manos y comenzó a apretar, a apretar…, y yo sentí un sofoco que no me entraba aire, la sangre me oscurecía la vista. ¡Me ahogaba! De repente sentí una cosa, que yo dije: “¡Pos no quío morir!…”, y me corrió una fuerza por todo mi cuerpo y busqué la navaja, la abrí y la clavé con toa mi alma contra aquél hombre…, y él cayó a tierra dando un grito y yo apreté a correr como un loco, media hora, una hora, no sé cuanto… Así fue aquello.
…
TOMASÓN.- La Andrea, después de las declaraciones, volvió al pueblo y por resultas de aquel sobresalto al poco dio a luz a una niña. Un pastor que me escondía me lo avisó: “Veas, si quies verla, que se muere.” Fui aquella noche. No llegué a tiempo. Ni muerta la vi. Yo me encontraba solo, sin madre ni nadie. Cogí a mi hija, que la querían echar a la Inclusa; escribí un papel, lo prendí a sus ropas y la traje a la Rectoral. Sabía que dejársela a usted era ponerla al amparo de Dios. Luego me entregué a los Civiles. Después a presidio.
….
Muerte más triste que la muerte era vivir sin verla.
….
DON SABINO.- ¡Amor a los niños, cómo igualas y engrandeces todas las almas!
Esta conclusión de don Sabino podría ser el mensaje número 397: El amor a los niños, iguala y engrandece a todos.
Por medio de un aviso falso, Galo logra sacar al cura de la casa y así cree tener su oportunidad para registrarla y encontrar los papeles de la denuncia de Cipriana por el embarazo de su hija contra Santitos. Pero sale Tomasón con su escopeta y les obliga a firmar un documento por el que donarán a la chica embarazada diez mil duros (unos ciento cincuenta mil euros). Y mutación al segundo cuadro.
Estamos en una calle del pueblo ya de noche. Galo y su hijo han salido de la casa del cura y están reclutando a gente para rodearla y obligarle a salir.
En el cuadro tercero estamos en la Sacristía de la Iglesia y podemos ver los primeros bancos donde van a hacer la Primera Comunión los niños del pueblo, Lucila incluida.
Tomasón le pide un último favor al cura, quiere ver a su hija. Se emociona y se despiden
(Acto II, Cuadro III, Escena V)
DON SABINO.- Así lo espero. Vete, puesto que te empeñas. Ya no llevas el arma para abrirte paso entre los hombres a sangre y fuego. Llevas esperanza… Llevas fe en Dios. Por eso confío en que Él te favorecerá. Márchate, si puedes escapar con esos pequeños ahorros que te di, huye a América, y allí sufre y trabaja…
TOMASÓN.- ¡Allí!… ¿Tan lejos de mi hija?
DON SABINO.- No importa. El dolor y el sacrificio purificarán tu alma. Haz del recuerdo de esa niña relicario que guíe al cielo tus oraciones de arrepentimiento.
El mensaje número 398: Ya no necesitas el arma, llevas la fe en Dios, la esperanza.
A Mónica se le ocurre una treta para que los hombres de Galo abandonen la iglesia. Uno de los muchachos del pueblo acude gritando que la casa de cacique se quema, y todos salen de estampida, momento que aprovecha Tomasón para huir.
(Acto II, Cuadro III, Escena IX)
DON SABINO.- Consuela a los que lloran, ampara a la inocencia, lucha por la justicia y triunfarás siempre. ¡Es la ley de Dios!
Este es el mensaje número 399 y telón.
MENSAJES DE ARNICHES
MENSAJE NÚMERO 393: Para mí, no hay ricos ni pobres; para mí no hay más que hijos de Dios. Todos son iguales.
MENSAJE NÚMERO 394: ¡Todo dolor sin consuelo y toda injusticia sin reparación están llamando al cura; y si el cura no va, no es ministro del Señor, es un hombre con sotana!
MENSAJE NÚMERO 395: Todo se fundamenta en una conciencia limpia, una roca inamovible ante las adversidades.
MENSAJE NÚMERO 396: Nadie puede juzgar a otro hombre y calificarlo como malo. Dios escucha al corazón que habla cuando sufre.
MENSAJE NÚMERO 397: El amor a los niños, iguala y engrandece a todos.
MENSAJE NÚMERO 398: Ya no necesitas el arma, llevas la fe en Dios, la esperanza.
MENSAJE NÚMERO 399: Consuela a los que lloran, ampara a la inocencia, lucha por la justicia y triunfarás siempre. ¡Es la ley de Dios!
MENSAJE NÚMERO 400: Una pelea contra el maltrato de la mujer en la figura de dos embarazadas siempre despreciadas por los poderosos.









