Como hemos comentado antes, Carlos era un buen estudiante. Comenzó sus estudios en el colegio La Educación y después pasó al Colegio San José.

                De esta época cuenta él mismo una anécdota:

                “Era un Domingo de Ramos por la mañana; una de esas mañanas de primavera levantina, clara y radiante. Iba yo, con mi colegio, camino de la iglesia para asistir a la procesión tradicional. Los colegiales marchábamos con nuestros uniformes de gala, formados de dos en dos, sosteniendo cada uno, con ostentoso orgullo infantil, su palma enhiesta. La mía, aquél año, era la mejor, la más esbelta, la más fina, la más amarilla.

                Llegábamos por la calle Mayor, perfumada con olor de romero. Los balcones lucían el vivo colorín de las colgaduras.

                Marchábamos en paz, con poco barullo, cosa inaudita porque una de las parejas la componían los que luego fueron hombres insignes, Joaquín Dicenta y Rafael Altamira , entonces chiquillos traviesos. (Añadimos un retrato de cada uno de ellos y una semblanza de sus obras. Carlos Arniches vive rodeado de verdaderos fueras de serie durante toda su vida, bien en Alicante, bien en Madrid: un siglo de oro en la literatura)

Joaquín Dicenta Benedicto (Calatayud, Zaragoza, 3 de febrero de 1862Alicante, 21 de febrero de 1917), periodista, dramaturgo del neorromanticismo, poeta y narrador naturalista español, padre del dramaturgo y poeta del mismo nombre y del actor Manuel Dicenta.

Joaquín Dicenta en 1909. www.wikipedia.org

Rafael Altamira y Crevea (Alicante, 10 de febrero de 1866México DF, 1 de junio de 1951) fue un humanista, historiador y americanista; pedagogo, jurista, crítico literario y escritor español. Estrechamente vinculado a los proyectos de la Institución Libre de Enseñanza, alumno y amigo de Francisco Giner de los Ríos, fue secretario del Museo Pedagógico Nacional. Doctor honoris causa en ocho universidades de América y Europa, y miembro de nueve instituciones académicas, se exilió en México en 1944.

Rafael Altamira. www.wikipedia.org

Rafael Altamira y Crevea (Alicante, 10 de febrero de 1866México DF, 1 de junio de 1951) fue un humanista, historiador y americanista; pedagogo, jurista, crítico literario y escritor español. Estrechamente vinculado a los proyectos de la Institución Libre de Enseñanza, alumno y amigo de Francisco Giner de los Ríos, fue secretario del Museo Pedagógico Nacional. Doctor honoris causa en ocho universidades de América y Europa, y miembro de nueve instituciones académicas, se exilió en México en 1944.

                De pronto, a la altura de los rótulo de las tiendas, apareció colgada una enorme chistera de hojalata, pintada de encarnado, como anuncio de sombrerería, sobre cuya puerta se balanceaba orgullosa. Verla y empezar las primeras parejas a sacudirle golpes con las palmas fue todo uno. Los golpes de los que iban delante estimulaban a los de atrás, que empezaron a pegar con tanta fuerza, que a consecuencia de un palmazo formidable y certero, la chistera se balanceó con tanto ímpetu que, al fin, vino a tierra con estrépito resonante. Oírlo y salir el sombrerero hecho un energúmeno fue cosa de unos segundos. Se percató inmediatamente de la fechoría, y queriendo vengarla y sin acertar de qué modo, tomó una resolución arbitraria y brutal y, por consecuencia, injusta. Miró las palmas de los chicos que veníamos detrás, y agarrando la mía, en una airada y odiosa elección, me la quebró en tres pedazos.

                Yo, entonces, con la palma rota y las lágrimas en los ojos, seguí a la iglesia. Nada podía consolarme de aquella bárbara injusticia”. (Relato en El Correo, Alicante, 31 de diciembre de 1931).

Su niñez continuó en Alicante hasta el año 1880, fecha en la que toda la familia decide trasladarse a Cataluña, en busca de una estabilidad laboral, que su padre no tenía siendo Pagador de la fábrica de Tabacos.

                “No se borrará fácilmente de entre mis recuerdos el de aquella mañana, en la que todos los míos, silenciosos y tristes, abandonábamos la amada terreta. Yo, desde el último peldaño de la escalinata de la estación, volví mis ojos nublados por las lágrimas para dirigir un último adiós, lleno de ternura, a aquél pueblo en el que quedaban todos mis recuerdos de niño… En aquél viaje que tuvo para mí la emoción de un éxodo bíblico, las maldiciones a la política volvieron a surgir, recias y fuertes, en mi alma infantil.” (Recuerdo, en El Correo, Alicante, 1 de julio de 1923.)

                Estos dos recuerdos de Carlos Arniches son un claro ejemplo de lo que será el resto de su vida: una lucha contra las injusticias. No toleró la injusticia del sombrerero de la calle Mayor, ni toleraría más adelante, las tropelías de los políticos como podremos ver en obras como El señor Badanas o Los caciques.