Caricatura de Vicente Bañuls (escultor y pintor) de Carlos Arniches en 1888, sentado sobre tres de las cuatro obras estrenadas ese año.

Estos diez años, que nos llevan desde los 19 hasta los 28 años, van a marcar las características fundamentales de la vida y obra de Carlos Arniches. Se dibujará su personalidad, su liderazgo en la familia, su responsabilidad sobre todo el grupo familiar que se echará a sus espaldas sin miedo al futuro. Tendrá contacto con la abundancia y con la miseria; aprenderá a convivir con ambas sin darles mucha importancia a ninguna. Estudiará y escribirá. Descubrirá su talento para el teatro cómico y encontrará el amor. La vida de Carlos Arniches arranca, y lo hace en tren desde el Rubiol hasta Madrid.

Habíamos dejado a Carlos trabajando para medios de comunicación en el Rubiol, así como para el ayuntamiento para realizar el Padrón. En su casa vieron que tenía potencial y que los estudios se le daban bien. Era el más dotado para hacer una carrera. Pensaron en su tía Asunción que vivía holgadamente en Madrid y decidieron que ese iba a ser el futuro destino de Carlos. Se iría a Madrid a vivir con ella y con su hermana Juana a estudiar Derecho. Además, otra hermana, Dolores, también vivía en Madrid.

Juana estaba casada con Francisco Moltó y Campo Redondo. No tenían hijos, pero con ellos vivía le hermana de éste, Pilar, ya que se habían quedado huérfanos desde siendo ella muy pequeña, y él hacía las veces de hermano mayor y de padre protector.

Ya tenemos a los personajes correctamente presentados. Carlos coge el tren y llega a Madrid: ¡la carrera de Derecho le espera! Lo que nadie sabía era que él aborrecía el Derecho.

La salida laboral habitual tras el estudio de la carrera de Derecho era, si no se tenía enchufe en algún despacho de abogados, la práctica de la política. Y Carlos aborrecía la política y a los políticos. Les consideraba culpables de las desagracias de su padre, de la pérdida de su puesto de trabajo, del hambre y de la miseria de su familia, y, lo peor de todo, de ser la política la razón última de la salida de su terreta amada. Alicante era ya un recuerdo, llevaban cinco años de exilio, el odio se había hecho fuerte en el alma de nuestro protagonista…, además, Carlos quiere escribir, sólo quiere leer y escribir, y para eso descubrirá que Madrid es perfecta.

Sale del tren, han sido 37 horas, tal y como él nos lo contará en una de las conferencias (Poquitas Palabras- 1940) del exilio en Argentina. Justo al salir nos relata la siguiente aventura:

«Me apeé en la Estación de Mediodía, llegaba de Barcelona. Venía con el atontamiento natural de mis dieciocho años, de mis treinta y siete horas de tren en tercera, y con una tortilla y mis quince pesetas, capital único (60 € al cambio. Nota del autor.)

              Apenas salgo a la calle, se me acercan dos golfetes,-¡Hola señorito!.- ¡Hola! -¿Qué, de Barcelona? –Sí, señores.-¿Y dónde va usté? –A casa de una tía mía. –Bueno, ¿pero dónde vive? –En la calle del Rubio. -¡Caray, qué casualidá! A la orilla vivo yo. Súbase usté. -¿Dónde? –En ese coche.-¡Caramba! ¿Que esto es muy grande para mí sólo!. (Era un ómnibus.) –No le hace. P’al primer día que entra usté en Madrí, vaya usté cómodo.

              Nos metieron, al lío que yo traía, a las quince pesetas y a mí a empujones en un cajón enorme y destartalado, con ballutaje que daba al vehículo el movimiento más adecuado para enjuagar botellas, y un ruido de cristales que me tuvo sordo dos meses y medio. Uno de aquellos golfos se echó al pescante y el otro se sentó a mi lado.

              ¡Qué conversación tan cordial y cariñosa entablamos…! Yo me sentía optimista y por consecuencia locuaz y expansivo. Era una mañana de mayo, y por el Paseo del Prado las acacias perfumaban el aire con sus ramas recién florecidas. -¿Por qué han puesto ahí esa corona y esas banderas?… –Es que, sabe usté, es el Obelisco del dos de Mayo, que fue ayer y vinieron los milicianos pa oír misa de campaña por las vítimas, que ya las conocerá usté.- Sí, hombre, muchísimo.-

              Y seguimos calle de Alcalá arriba. En el trayecto hasta la del Rubio, yo, atrapado por la jovialidad sugestiva y acogedora de aquellos hombres, les conté mi pequeña historia, los ideales que me traían a Madrid, la ropa que guardaba en el lío, los años que tenía mi tía, ¡todo!

              Pero al fin llegamos a la calle del Rubio, porque todo llega en la vida, aunque vaya uno en un ómnibus de aquellos tiempos.

              Y allí fue Troya, allí. Delante del número 17 de la citada calle. -¿Qué les debo a ustedes? – les pregunté a mis queridos amigos, con una amabilidad como para que no me hubiesen cobrado.-Pues 25 pesetas – me dijo el más viejo (100 € al cambio) Si me dan un martillazo en la nuca no me hace peor efecto. ¡¡25 pesetas!!… ¡Y sólo tenía 15!… Y no hacía más que repetir ¡25 pesetas!…Y miraba como loco a los dos caballos, a los dos caballeros, al coche, al balcón a ver si salía mi tía…

              Me atreví a protestar tímidamente, pero me amenazaron, se hicieron fuertes, me increparon.-¡Encima de la amabilidá con la que se le ha tratao!… –Sí, pero yo creí que era una amabilidad más económica, vamos… Total que por mediación de la portera tuve que pedir auxilio, y al fin entregué a aquellos energúmenos  los cinco duros que me exigían.

              Subí a casa de mi tía desconsolado. Tiré el lío en una butaca y me dejé caer en otra con el rubor natural de quien ya no lleva un céntimo y además se va a oír llamar primo.

              En efecto, he aquí las primeras palabras de mi tía.- ¡Pero hijo, cómo te has dejado engañar?…Te han tomado por un Tolili.- Aquello de Tolili me hizo un efecto abrumador, aplanante. ¡Y el caso es que parecían unas personas muy cariñosas!… –Todo el camino ¡hemos venido hablando-dije a mi tía, -Pues no me digas más –replicó- Por eso te han cobrado las 25 pesetas…: ¡te han conocido!… Si hubieras venido calladito, sin hablar con nadie, ¡con cuatro pesetas y un real de propina, en paz! (17€ al cambio) Quedé silencioso. Mi primera noche en Madrid fue de insomnio. Aquellas palabras me quitaron el sueño: “¡Si hubieras venido calladito!…” Es decir, que mis palabras revelaron a aquellos pollos como un ser inocente ¡y un sí es no es mismo!… ¡Ah, perfidia humana!…

              Y esta insustancial y sencilla anécdota, que acabo de contaros, ha tenido luego, durante toda mi vida, una influencia permanente y beneficiosa: ya no he vuelto a hablar jamás, ¡ni en los toros! Con los desconocidos… y hablo a duras penas con los conocidos.

              Sed parcos en palabras, queridos jóvenes. No olvidad, que todo aquél o aquella a quien abrimos un poco de nuestro corazón, quiere llevarse algo de él o de nuestro bolsillo, quizá por ser lo que está más cerca.

              No dilapidéis el tarro de vuestra alegría en palabras vanas sino en sentimientos hondos.

              Guardad las expansiones juveniles de vuestro optimismo para estimular en el silencio de vuestro pensamiento, la noble fuerza de un buen propósito, de una bella obra o de una gloriosa verdad.»

Más adelante se trasladarían a la calle Fernando el Santo número 2.

C/Fernando el Santo.

A mis espaldas se puede ver el número 4 de la calle. Es posible que hace 134 años tuviese otra numeración y fuese el número 2.

En el mapa puede apreciarse la situación de la calle y la del Parque del Retiro que él frecuentaría en muchas ocasiones.

Al llegar a casa le presentan a todos los habitantes: la tía Asunción, Francisco Moltó, marido de su hermana Juana y militar de profesión, y a Pilar Moltó, que en ese momento contaba con 13 años de edad.

Carlos comienza a acudir a la Facultad y a conocer gente de los ambientes literarios. Entabla una buena amistad con Pilar. No acude a clase pero escribe mucho. Tiene buenos amigos, todos alicantinos como el poeta Cantó, Chapí… Tiende a reproducir el ambiente de su tierra en Madrid.

Otro episodio desconocido hasta ahora es, que debido el interés que mostraba por el teatro, se llegó a enrolar en una compañía de cómicos y viajaron por diferentes plazas. El debut lo hicieron en Jumilla (Murcia). El propio Carlos Arniches nos cuenta esa noche (Radio El Mundo Argentina. 1938):

«Antes de estrenar mi primera obra de teatro,- tendría yo 18 años, ¡larga es la fecha!…- tuve que enrolarme en una Compañía trashumante de Cómicos de la lengua, en calidad de representante y redactor de anuncios, programas, sueltos y reclamos; y lo hice, con el noble propósito de no morir de inanición. Luchaba yo en Madrid por aquél entonces, con los duros comienzos de toda vida llena de ideales pero absolutamente desamparada.

              El primer actor y director de aquella Compañía Dramática, -¡y tan dramática, no comíamos en serio más que dos o tres veces por semana!- Lo demás que hacíamos era decirle al hambre: “Usté dispense”.- Pues bien; aquél señor, como iba diciendo, era un catalán tan desgraciado como fantástico- se llamaba Amadeo Sendra- no me olvidaré mientras viva. El buen hombre, para animarme a acompañarles en aquella excursión, me delineaba los trazos de una temporada artística brillantísima diciéndome: -“Miri, don Carlos, véngase a la excursión, que ya verá usté qué campaña hacemos, eh?… ¡Morrocotuda! Desídase y le mandamos que le traigan su equipaje.”- No, el equipaje, no, no se moleste, lo llevo en el bolsillo. – le dije.- ¡Ah, bueno, miri, mejor no le hase, menos bultos.- Y nos lanzamos a la aventura dando con nuestros huesos… ¡huesos tenían que ser!…¿quién engordaba en aquella Compañía?… en un pueblo de la provincia de Murcia, que se llama Jumilla, si existe todavía,-y que era como cabeza de partido judicial,- que dicen en España, pueblo de relativa importancia.

              El teatro era pequeño, pero no mal trazado, y la afición al Arte Dramático, decidida y estimuladora entre aquella simpática gente. Se hicieron los reclamos correspondientes, y para la noche del debut, se anunció el estreno de un drama en tres actos y en prosa, de los llamados de capa y espada, que se titulaba “El crimen de un trono”. Escrito expresamente para el primer actor, señor Sendra, por un primo suyo, eminente dramaturgo catalán; lo de catalán, indudable; lo de eminente dramaturgo, ¡ilusiones que nos hacemos!

              Llegó por fin el momento solemne, Debutamos. Gran expectación. El teatro estaba lleno. Empezó la obra, el primer acto aburrió al público de un modo espantoso.- Se trataba de un episodio del reinado de Don Sancho IV, el Bravo, referido sin interés, y con enormes párrafos, de una prosa pedestre.- Si verdaderamente el rey Don Sancho, hubiera dicho en su vida aquellas estupideces, no habría reinado arriba de quince o veinte días. Y a pesar, de que aquél pobre actor, declamaba con todo entusiasmo, haciendo latiguillos y desplantes con voz hueca y campanuda, la gente bostezaba aburrida; algunos se dormían, y otros se debatían impacientes en sus localidades. Y acabó el primer acto con murmullo unánime de desaprobación.

              -Esto parece que no gusta, señor Sendra.- le dije a la terminación del acto.-No, hombre, déjese; ya verá. Es que este primer acto es un acto de exposición.- ¿Y no cree usted, que la exposición va a ser luego cuando empiecen a tirar hortalizas a escena?-  ¡No, hombre; no sea pesimista!, ¡caray!, ¡ya verá! ¡Si esto va a gustar mucho!-

              Y con esta grata ilusión de aquél comediante infeliz, empezó el acto segundo, que como yo suponía, aburrió y fastidió al público mucho más que el primero. – Yo preveía, de un momento a otro, una catástrofe ruidosa, porque el hastío y la impaciencia de los espectadores iba creciendo por momentos; pero no. Confieso que contra mis predicciones, la gente se contenía en unos límites de bondad y paciencia increíbles. Pero llegó una escena culminante, ya mediado el acto, durante la cual, aquél desdichado actor, sudoroso y frenético, dándose recios puñetazos en su corazón de latón, y empuñando una tizona sucia y herrumbrosa, se dirige a su ejército, – tres o cuatro comparsas con barbas de pelote y desdichadamente vestidos de guerreros, con cascos abollados y cotas de mallas deshilachadas, y empuñando unos disparatados lanzones de vieja guardarropía,- y les grita altisonante y fiero: -“¡Fieros vasallos, invencibles leones de mi hueste, ¿queréis que vayamos a vengar el honor ultrajado de nuestras invictas banderas, por un monarca usurpador y fementido?”- Y contestaban los comparsas a coro:-“¡Sí, sí!”- “¿Queréis que vayamos a derrocar de su trono maldito al pérfido asesino de mi glorioso padre?”- Los comparsas: “¡Sí, sí!”- “¿Queréis que vayamos a teñir con la sangre de esos cobardes el brillo de nuestros aceros?” – “¡Sí, sí!”- “¿Queréis que vayamos…”- Y a la décima vez que había repetido aquello de “¿queréis que vayamos…?”, se levanta un señor de su butaca, y con una sonrisa burlona y paciente, se dirige a todos los espectadores del teatro y les dice: -“¿Queréis que nos vayamos?”- Y todo el público contestó a coro – “¡Sí, sí!”…- Y dejaron vacío el teatro. – Excuso decir a ustedes, que al día siguiente, antes de amanecer, habíamos desaparecido del pueblo… y sin desayunar…

              Y ya que estamos con dramas de capa y espada, voy a contar a ustedes otro pintoresco y verídico suceso, ocurrido a un glorioso actor español, ya por desgracia, desaparecido del mundo de los vivos, no del mundo del arte, porque su gloria es imperecedera; actor a quien yo, personalmente, le oí referir este lance.

              Estaban representando en Teatro Español de Madrid, el drama “Guzmán el Bueno”, y desempeñaba el papel protagonista el ilustre actor a quien me he referido. Hace de esto muchos años; tantos que todavía los teatros se alumbraban con gas. Era un domingo. Habían hecho el drama por la tarde y lo repetían por la noche, en cuya nocturna función ocurrió el suceso que os cuento.

              Habíase llegado ya el tercer acto de la obra. La escena figura una muralla que se supone del Castillo de Tarifa, desde el cual, Guzmán el Bueno, arroja a los sitiadores, soldados del campo moro, su puñal, para que den muerte a su propio hijo, antes que cometer con su rey, la traición de rendir la plaza.

              Estaba Don Guzmán en aquellas dudas torturadoras y crueles de sacrificar a su vástago, o de traicionar a su rey… cuando observa que por encima de la muralla paseaba, vestido de cota de malla, con coraza y casco, un lanzón terciado, un centinela de sus huestes, vigilando los movimientos del campo enemigo.

              Con la alarma consiguiente y el natural espanto, ve nuestro gran actor que aquél pobre comparsa estaba pálido, demudado, que sus paseos eran trabajosos, sus pasos vacilantes y que tenía una cara angustiadísima. -¿Qué le ocurría a aquél pobre hombre?… –Pues le ocurría que llevaba 8 horas en el teatro, metido en aquella coraza torturadora y con aquél pesado casco en la cabeza; que entre la función de la tarde y de la noche, el hombre había cenado, como es natural, libando un poco más de lo conveniente, de un panzudo porrón de vino de valdepeñas, y que con el vino, la cena, y el calor sofocante del gas, que daba a los teatros una atmósfera irrespirable, empezó a sentir un terrible mareo y a comprender que la cena no se resignaba a permanecer tranquila en su estómago, y esta era su angustia y su palidez y sus pasos poco seguros.

              El actor veía, lleno de pánico, que de vez en cuando el pobre comparsa le miraba con ojos extraviados y se acercaba al borde de la muralla que correspondía al público, con una mueca de hipo nauseoso, síntoma de algo más grave. Y pensó el actor: ¡A este infeliz, le ha sentado mal la cena y nos da el espectáculo! Y deseando evitarlo, sobre todo de cara al público, como no podía hablar en voz baja al comparsa por la diferencia de altura… a la segunda o tercera vez que le vio hacer el hipo fatal de la náusea, se acercó y le dijo: -“¡Por tu madre, centinela, échalo al campo moro!…”- Y el pobre hombre obedeció.

              Excuso decir a ustedes la algazara que se produjo en el público, que se había percatado del suceso».

Carlos pasa el mejor año de su vida: está en Madrid, una ciudad que le encanta; está con Pilar; escribe; tiene amigos literatos y nadie le pide cuentas…

Pero todo lo bueno termina. Llega junio y su tía Asunción recibe la notificación de la facultad de Derecho diciéndole que su sobrino, al que le ha costeado ese año de estudios, no se había presentado en clase y ¡no había realizado ningún examen!

Asunción Arniches era una mujer de muy estrictos principios, y eso no lo podía tolerar. Además, su relación con Carlos, tal y como cuenta Pilar Arniches a Vicente Ramos, no era muy buena. Según parece, le ponía de forma reiterada aquellas comidas que menos le gustaban. Carlos se iría distanciando de ella progresivamente. Así que un buen día, suponemos de ese mes de Junio de 1886, Carlos se encuentra la casa cerrada, no hay nadie. Francisco y Juana junto a Pilar habrían cambiado su destino y estarían en otra ciudad; la tía Asunción se había marchado a Valencia; de la otra hermana, Dolores, no tenemos noticias…

Carlos está solo. No tiene dónde dormir. Se va al Paseo del Prado y duerme en un banco. Es la peor noche de su vida.

Se dirige por la mañana, al establecimiento de un panadero alicantino amigo suyo, Jesús Viveros, y le pide dinero para regresar en tren a casa de sus padres. Se va de nuevo al Rubiol en Granollers.

El pensamiento de Carlos está en Madrid, su tren se dirige a Barcelona, esto había que solucionarlo.

No podemos ni imaginar la fenomenal bronca que le caería en su regreso a casa, todas las expectativas familiares tiradas por la borda…

Carlos se había propuesto volver a Madrid… y volverá.