NUESTRA SEÑORA   

O

 EL SUMUN DE LOS EQUÍVOCOS

  

         El 25 de noviembre de 1890, cuando estrena su obra número 10, inicia sin saberlo, la primera de las obras en solitario. Este hecho, que se repetiría a lo largo de su vida en 61 ocasiones más, va a permitir que el “duende” del alicantino crezca sin tener que plegarse a ningún colaborador.

No hay música, no hay maestros, no hay colaboradores, está Arniches solo: comienza el rey de los equívocos. El humor llega a través de las buenas intenciones de la gente que, queriendo hacer una buena acción, la disimulan por aquello del qué dirán, por las “buenas costumbres”… Arniches se está riendo de todas estas formas de hipocresía por medio de la gracia y de la comicidad. El equívoco, su santo y seña cobra en esta obra dimensiones muy apreciables.

La historia comienza en un tren, una pasajera se queda dormida (Doña Pura) y se despierta en Villarreal. Tenía que haberse bajado en Robledillo para coger otro tren que le llevara a Puebla del Campo, su destino. Allí le espera una tía suya muy enferma.

Todos son lugares figurados, pero no hay que olvidar que Villarreal está en Castellón, la Valencia amada de Carlos Arniches. El nombre actual es en Valenciano: Vila-real. Se fundó en 1274 por el rey Jaime I de Aragón, y fue la primera de varias localidades con ese mismo nombre como Villarreal de Urretxua, Villarreal de Alava, Villarreal de Huerva…

Un caballero que se ha percatado del percance (Don Casto Verduguillo), se ofrece a solucionarle el asunto. Haciendo un paréntesis, podríamos decir que, ateniéndonos a los nombres de estos dos personajes,  Arniches parece que se resiste a abandonar su Etapa Simbólica: la mujer de nombre PURA; el hombre de nombre CASTO.

 

Pues bien, Casto se va a alojar en la fonda del pueblo y al ser de madrugada, ofrece a Pura su habitación; el dormirá en el sofá. Pura acepta. Llegan a la fonda y el posadero les toma por un matrimonio, hecho que ninguno tiene tiempo ni ganas ni fuerzas para desmentir. Casto ha venido por unas firmas para vender unos terrenos. El es muy conocido en el pueblo y tiene muchos parientes: su primo SAN PEDRO y la mujer de éste ESPERANZA y demás familia.

Comienzan los líos: Casto se va del cuarto por la mañana a buscar a su primo San Pedro, solo faltan unas horas para que Pura vaya a la estación y coja su tren desapareciendo de la vida de Casto, que por cierto está recién casado y nadie en el pueblo conoce a su mujer aún. Su  primo se acerca por la fonda por otro camino y el dueño le pone al corriente de la presencia de Casto y una señorita, y claro, sube presuroso a saludarles. Solo está Pura, que es tomada por la mujer de Casto.

 

(Acto I, Escena VII)

SAN PEDRO.- Soy San Pedro, mujer, San Pedro.

PURA.- ¡Ah, ¿conque San Pedro? (¡Dios mío! Finjamos) ¡Cuánto me alegro!

SAN PEDRO.- (La abraza.) ¡Oh, prima! ¡Oh, prima!

PURA.- ¡Por Dios, no o… prima usted tanto!

SAN PEDRO.- Tú no puedes figurarte los deseos que teníamos de conocerte y abrazarte.

PURA.- Y yo… (No)

SAN PEDRO.- Y dime ¿cómo es que no me has conocido?

PURA.- Pues, porque yo había oído a no sé quien… que San Pedro… era calvo, y como usted no lo es…

SAN PEDRO.- Alguna broma de tu marido. Bueno, prima, bueno; ya te tenemos a nuestro lado, que es lo importante. ¡Uy! En cuanto mi mujer se entere, en cuanto Esperanza lo sepa, va a revolver el pueblo. Ahora mismo ya la tienes aquí.

PURA.- (¡Horror!)

SAN PEDRO.- Y enseguida trae a la alcaldesa, la médica, a la boticaria, a la jueza, a la veterinaria…

PURA.- (¡Dios mío de mi alma! ¡Qué apuro!) Pues yo se lo agradezco mucho; pero dígale usted…

SAN PEDRO.- Oye prima, haz el favor de tutearme ¿eh? Franqueza, franqueza.

PURA.- ¡Ah! Sí. (¡Qué martirio tener que tutear a todo el que llegue!) Pues dile que no… traiga a nadie, porque como voy a estar poco tiempo en el pueblo…

SAN PEDRO.- ¿Qué has dicho? ¡Poco tiempo…! Ca, mujer. Tú te vas a pasar aquí tres meses.

PURA.- (Aparte.) (¡Dios mío!) (Alto.) Pero si es que tengo enfermo un tío.

SAN PEDRO.- Nada, nada de excusas. No seas tonta. Sé que no tienes a nadie en el mundo; conque…

PURA.- (Aparte.) (¡Jesús!… No quedarme ni un pariente!)

 

No hay que olvidar el año en el que está escrita la obra: 1890. Arniches escribe: “la médica” (probablemente por la mujer del médico). Ahora pensamos que somos muy “paritarios” porque la RAE acepta tanto médico como médica. Esto ya ocurría hace un siglo, la pena es que lo perdimos.

 

Mensaje número 19: La mujer está aquí y su influencia en la sociedad es de vital importancia para todos. La mujer con las mismas capacidades que el hombre para desempeñar los puestos más importantes.

 

Don Casto y Pura no saben cómo salir del atolladero. San Pedro se ha llevado las maletas de Pura para su casa. Nadie ha deshecho el entuerto. Pura baja a desayunar. Aparece un nuevo personaje: Pelayo, antiguo amigo de Don Casto y capitán de Caballería, con una historia de faldas que solucionar en el mismo pueblo.

 

Don Casto le pide ayuda a Pelayo.

 

(Acto, I, Escena XII)

DON CASTO.- Me encuentras en la situación más original que puedas imaginarte, y me has venido como pedrada en ojo de boticario.

 

Suponemos que “como pedrada en ojo de boticario” sería una frase de la época para expresar la buena suerte, aunque nos sea difícil entenderla ahora.

 

Pelayo, que también está recién casado, decide contarle la historia: un lío de faldas que ha venido a resolver en Villarreal.

 

(Acto I, Escena XII)

PELAYO.- Verás, hace cuatro años residí una larga temporada en este pueblo, como sabes. Tuve unos amores desgraciados con una mujer… ligera; y como consecuencia de ello, un compromiso…

DON CASTO.- Mayúsculo…

PELAYO.- No; minúsculo: era niño. La mujer de mi historia, cuya conducta según pública voz, no era muy correcta, me abandonó a poco por un antiguo amante, e hizo que yo me alejara de ella sin grave daño para la moral. Olvidé eso, y me casé; pero el otro día me encuentro con una carta amenazadora de esa desgraciada.

DON CASTO.- ¡Chico! ¡Qué lío! ¡Qué lío!

PELAYO.- Bueno, pues la circunstancia favorable fue que mi mujer tuvo que salir precipitadamente de Madrid ayer por la tarde a Puebla del Campo.

DON CASTO.- (Aparte.) ¡Ay! ¡Una tía! (Alto.) ¿A dónde? ¿A dónde? (Asombrado y casi cayendo de la silla.)

PELAYO.- A Puebla del Campo, llamada por una tía.

Arniches retuerce un poco más las casualidades para dar más picante a la historia: ¡la señora que se está haciendo pasar por esposa de Don Casto es la verdadera señora de su amigo Pelayo! De aquí el título de Nuestra señora. Don Casto se pone lívido, sudoroso…

DON CASTO.- (Aparte.) ¡Dios mío! ¡Es ella! ¡Es ella! (Alto.) ¿Conque… por una tía? (Aparte.) ¡Ay! Yo me pongo malo. (Se levanta.)

PELAYO.- Pero ¿qué te pasa? Has mudado de color.

DON CASTO.- No…, que me ha afectado la enfermedad de la tía…, porque yo… también tuve una tía que murió de eso. (Tartamudeando.)

PELAYO.- Pero si no te he dicho qué enfermedad padece.

DON CASTO.- Hombre, me has dicho que era una enfermedad… grave… y de eso se mueren casi todas las tías.

 

Tras estos momentos de agobio, Pelayo pasa a interesarse por el problema de don Casto, que naturalmente no puede ni esbozar. Pelayo decide que no abandonará a Don Casto bajo ningún concepto mientras estén en Villarreal. Ahora sí que el tema está complicado. Cuando se va Pelayo a su habitación a terminar de instalarse, Don Casto se despide “hasta el valle de Josafat”, o lo que es lo mismo, ¡hasta el valle del Juicio Final!

 

Don Casto está perdido y ve el cielo abierto cuando llega su prima Esperanza a la que le suplica que se haga pasar por “su mujer” cuando Pelayo se presente en la habitación.

 

(Acto I, Escena XIII)

DON CASTO.- ¡Me amarga un conflicto gravísimo…! ¡Esperanza: tú eres mi única esperanza!

ESPERANZA.- Pero, ¿qué te ocurre?

DON CASTO.- Nada, que mi mujer…

ESPERANZA.- ¿Te engaña? (Aparte.) Me lo figuraba.

DON CASTO.- No tanto.

ESPERANZA.- Entonces… ¿ha huido?

DON CASTO.- ¡Ojalá!

ESPERANZA.- ¿Cómo ojala?

DON CASTO.- ¡Esperanza: mi mujer…!

ESPERANZA.- ¿Qué?

DON CASTO.- ¡No es mi mujer!

 

Le cuenta todo y le pide ayuda para disimular delante de Pelayo. Lo que no sospecha don Casto es que además recibirá también la visita de San Pedro, marido de Esperanza, ¡al mismo tiempo!

 

(Acto I, Escena XVI) (Don Casto, Pelayo y Esperanza disimulando hablando sobre Madrid, que Esperanza naturalmente, no conoce.)

PELAYO.- Pero convengamos, señores, que no hay nada como Madrid. Yo no sé cómo hay quien se va de Madrid.

ESPERANZA.- Ni yo.

DON CASTO.- Ni yo. (Aparte.) ¡Ojalá no me hubiera ido!

PELAYO. Aquello tiene sitios deliciosos. La Castellana, por ejemplo, con sus largas avenidas cuajaditas de coches…

ESPERANZA.- ¡Ay! Cuajaditas, cuajaditas.

PELAYO.- Y aquellas estatuas… Isabel a un extremo…

DON CASTO.- Concha más arriba…

ESPERANZA.- ¡Qué afición a las señoras!

PELAYO.- Y aquellos hoteles hermosísimos…

DON CASTO.- ¡Uy! Hermosísimos. Pues ¿y los otros hoteles?

ESPERANZA.- Pues, ¿y los de más allá? (Aparte.) Yo no me corto.

DON CASTO.- (Aparte.) Esta va a meter la pata en un hotel.

PELAYO.- Y después, Recoletos…

DON CASTO.- Se le atraviesa con rapidez.

ESPERANZA.- Hombre, no corras.

DON CASTO.- Es que este anda despacio… (Aparte a Esperanza.) Y se nos hace tarde.

PELAYO.- Y aquél Banco, a la entrada del Prado, aquél magnífico Banco.

ESPERANZA.- ¡Magnífico! Cuántas veces nos hemos sentado en él.

DON CASTO.- Mujer, si es el Banco de España.

ESPERANZA.- Pues qué, ¿en el Banco de España no se puede una sentar?

PELAYO.- Tiene razón. Y después tienen ustedes aquél prado espaciosísimo.

ESPERANZA.- ¡Ay! Este paseo me va a abrir el apetito.

PELAYO.- Y luego queda todo esto a la espalda; y entra lo peor.

ESPERANZA.- (Viendo aparecer a San Pedro. Aparte.) ¡Mi marido!

SAN PEDRO.- (A su mujer.) ¿Tú por aquí? (A Pelayo.) Beso a usted la mano caballero. (A su mujer.) Mujer, ¿querrás creer que no he podido dar con las llaves?

PELAYO.- (A Esperanza.) ¿Quién es este señor?

ESPERANZA.- San Pedro.

PELAYO.- ¿Y ha perdido las llaves?

 

(Acto I, Escena XVIII)

 

Pelayo le cuenta a Esperanza lo cambiado que ha encontrado a Casto, pensando que es su marido, y todo delante de su verdadero esposo San Pedro que está rellenando unos documentos.

 

PELAYO.- Pero, la verdad, señora, ahora no conozco a su marido de usted.

SAN PEDRO.- (Aparte.) Lo creo; ni antes tampoco. (Volviéndose.)

ESPERANZA.- Ya me lo figuro.

PELAYO.- Está variadísimo. ¡Ah, su marido de usted hace dos años era otro!

ESPERANZA.- No, señor, era el mismo. (Aparte.) ¿Si creerá éste que me caso todos los días?

PELAYO.- Lo digo porque antes era tan jovial, tan decidor, feo, eso sí, muy feo…

SAN PEDRO.- (Aparte.) Muchas gracias. (Extrañado.)

ESPERANZA.- (Aparte.) ¡Ay, lo ha oído! (Alto.) No diga usted eso. A mí me parece encantador.

PELAYO.- ¡Y qué granuja estaba….!

SAN PEDRO.- (Aparte.) ¡Canastos! (Se levanta y haciendo gestos de asombro, se acerca.)

ESPERANZA.- ¡Caballero, por Dios!

PELAYO.- Una vez recuerdo que me empeñó a mí el gabán, para pagar una cuenta y…

SAN PEDRO.- (Acercándose.) ¡Señor mío, qué está usted diciendo!

ESPERANZA.- (Aparte.) ¡Ay, Dios mío! ¡Ahora descubre todo! (Se coloca entre San Pedro y Pelayo.)

PELAYO.- Con usted no iba nada, caballero.

SAN PEDRO.- El marido de esta señora, no sabe lo que es una papeleta ni ha empeñado nunca el gabán de los amigos. Y usted ha soltado “gratis et amore” especies injuriosas.

ESPERANZA.- (Aparte.) ¡Ay! Si yo supiera latín le diría algo.

SAN PEDRO.- Por tanto…

ESPERANZA.- “Requiescant in pace” (Tratando de alejarle.)

PELAYO.- Señor mío, la defensa que usted hace del marido de esta señora, es inoportuna. Y entienda usted que defenderle es injuriar mi dignidad y la de… esta señora que sabe defender a su esposo.

SAN PEDRO.- ¡No sabe defenderle, señor mío!

PELAYO.- Usted la insulta.

ESPERANZA.- No haga usted caso, ya estoy acostumbrada.

PELAYO.- Lo que yo decía no tiene nada de particular.

SAN PEDRO.- ¿Cómo que no? ¡Me gusta la frescura!

PELAYO.- He dicho que el marido de esta señora , es feo… y me parece que no lo dudará usted.

SAN PEDRO.- ¡Caballero!

ESPERANZA.- Cállate…, hombre; después de todo tiene razón.

SAN PEDRO.- ¿Feo? ¡Conque feo! Esto es intolerable…

PELAYO.- Lo cual no obsta para que yo le quiera.

SAN PEDRO.- (Aparte.) ¡Está loco… Si no le he visto en mi vida!

ESPERANZA.- (A San Pedro.) ¡Quién sabe si te querrá en secreto!

SAN PEDRO.- En fin, yo agradezco que usted me quiera pero no estoy acostumbrado a esos cariños ocultos.

PELAYO.- ¡Hombre, basta de tonterías…! Yo no le tengo a usted ninguna clase de cariño.

SAN PEDRO.- Pues entonces, ¿a quién?

PELAYO.- Al marido de esta señora.

SAN PEDRO.- ¿Y acaso el marido de esta señora no soy yo?

PELAYO.- (Asombrado.) ¿Usted?

SAN PEDRO.- Yo.

ESPERANZA.- ¡Virgen de la O!

PELAYO.- ¿Usted… el marido…? Hombre, eso es un disparate.

SAN PEDRO.- Ya lo sé, ¿pero qué voy a hacerle, después de tantos años?

ESPERANZA.- Caballero, no dice la verdad.

SAN PEDRO.- ¿Cómo que no?

ESPERANZA.- Pues… no fue un disparate.

SAN PEDRO.- ¡Pero niega que soy tu esposo…!

ESPERANZA.- (Aparte.) ¡Es muy bárbaro! (Alto.) ¡Caballero…, no lo puedo negar…!

PELAYO.- ¡Esto es una burla! ¿Quién es su marido de usted, señora? Acabemos pronto…

ESPERANZA.- Espere usted que no me acuerdo…

SAN PEDRO.- ¡Dilo enseguida!

ESPERANZA.- Éste.

PELAYO.- ¿Cómo éste?

ESPERANZA.- Aquél… ¡Pero si yo no sé quién es mi marido! Cualquiera, caballero. Elija usted…

SAN PEDRO.- ¡Cómo que elija!

PELAYO.- ¿Y por qué dijo Casto que era esposa de usted?

SAN PEDRO.- ¡Ah! ¿Pero Casto te hizo pasar por su esposa?

ESPERANZA.- ¡Sí; pero era solo por poco tiempo…hombre.

SAN PEDRO.- ¡Ni por un segundo!

PELAYO.- ¡Yo no tolero la burla!

SAN PEDRO.- ¡Ni yo sufro el engaño! ¡LLamarme feo! ¡LLamarme feo!

LOS DOS.- (Yendo al foro y llamando.) ¡Casto, Casto!

ESPERANZA.- (Aparte.) Dios quiera que haya encontrado a otra mujer… porque yo ya he cesado.

Casto se da cuenta de que han descubierto el pastel…

 

(Acto I, Escena XIX)

SAN PEDRO.- ¿Por qué has dicho que ésta es tu esposa? ¿Por qué?

PELAYO.- Eso, ¿por qué? ¿por qué?

ESPERANZA.- ¡Jesús, qué lluvia de “porqués”!

DON CASTO.- Pues… Calma, señores, calma. Yo… (Aparte.) Yo no sé qué decir. (Alto.) Yo… dije que ésta era mi mujer… por decir… algo; porque yo dije, digo, diciendo lo que he dicho, dirán que decía lo que no decía, y yo dije, diré…

ESPERANZA.- ¿Pero qué estás diciendo…?

CASTO.- (Aparte.) ¡Ay, me he hecho un lío con el verbo; y no sé lo que digo!

SAN PEDRO.- ¡Cómo!

DON CASTO.- Hombre, déjame acabar. Esta… es esposa del señor.

ESPERANZA.- (A Pelayo.) De San Pedro.

SAN PEDRO.- ¿Y la otra, la que yo he abrazado?

ESPERANZA.- ¡Ah!, ¿pero tú has abrazado a otra?

PELAYO.- ¿Y la tuya?

ESPERANZA.- La suya, tampoco es suya.

DON CASTO.- No, la mía tampoco es mía, pero es de un amigo…

PELAYO.- ¿De quién?

(Acto I, Escena XX) (Dichos y Pura por el foro.)

DOÑA PURA.- ¡Tuya!

 

En los siguientes diálogos todos se van perdonando las diferentes indiscreciones sufridas y contando las verdaderas causas que les han llevado allí… más o menos; Pelayo aduce “una comisión urgentísima, de la que me encargó el coronel, una hora después de tu partida. Cuestión de forrajes.”

 

 

RESUMEN DE LOS MENSAJES DE ARNICHES

 

MENSAJE NÚMERO 19: La mujer está aquí y su influencia en la sociedad es de vital importancia para todos. La mujer con las mismas capacidades que el hombre para desempeñar los puestos más importantes.

 

MENSAJE NÚMERO 20: No ocultes nunca una buena acción por el qué dirán, o por ser consecuente con las buenas costumbres, ya que te puede salir caro.

Puedes dejar un comentario más abajo. Hemos ampliado también los personajes de Arniches con los de esta obra que los puedes ver en la página UNIVERSO ARNICHES.