EL PIE IZQUIERDO

O

LOS LÍOS POR MENTIR

 

 

Nueva colaboración con Celso Lucio que se estrena el 12 de abril de 1894. Siguen los dos autores profundizando en la comedia de los enredos. Incluimos esta obra en su Etapa Moralizante.

 

En este caso nos sitúan en un hotel, estamos en la sala de distribución de cuatro habitaciones. Se ve salir a un personaje de la habitación número 4, portando una bota de señora. Es don Benigno. Llama a su amigo Merino ¡y le cuenta una historia para no dormir!

 

HISTORIAS DE ARNICHES NÚMERO 7

(Acto I, Escena II.)

DON BENIGNO.- Pues bien, anoche como tú sabes que yo aunque de Cuenca, soy algo pillo, me encontré a unos paisanos en el café y vine muy tarde a la fonda algo mareado por unas copitas de cognac. Serían las tres; subo la escalera, entro en el piso, todo estaba a oscuras, saco la caja de cerillas, se me cae, me bajo a buscarla, doy otras dos o tres vueltas, me desoriento, y por fin, a oscuras me meto en un cuarto creyendo que era el mío. La misma mesa, las mismas sillas, todo igual, comienzo a desnudarme, y ya había levantado el embozo y la pierna para acostarme, cuando de pronto y en esta actitud, (Con la pierna levantada.) noto un cuerpo y oigo un ronquido…

SEÑOR MERINO.- ¡Nada, que metiste la pata!

DON BENIGNO.- No, no llegué a meterla. Di un salto, y aturdido, cojo mi ropa, mis botas, y nadando en la oscuridad y nadando en un mar de confusiones, extiendo el brazo y tropiezo con una ballena. No cabía duda, adiviné lo que había en la cama.

SEÑOR MERINO.- ¿Una ballena?

DON BENIGNO.- Una mujer; gastaba corsé. Entonces hallé la puerta. Salí, tropecé con este mueble que me orientó y calculando que me había metido en el del coronel, me encerré en mi cuarto y esta mañana, al ira vestirme, me encuentro, conque, aturdido, me traje una bota mía y otra de la ballena, digo de la coronela.

 

Tras este episodio, intentó devolver la bota, pero al escuchar los gritos del coronel, ultrajado en su honor, no se atrevió a devolverla.

SOLUCIONES DE ARNICHES

SEÑOR MERINO.- Mira: los huéspedes aún no se habrán levantado y todos tienen las botas limpias a las puertas de sus cuartos. Coge una de cada uno…

DON BENIGNO.- ¿Y pongo una zapatería?

SEÑOR MERINO.- No; y las cambias de lugar, cogiendo tú, para ti, la que te parezca que te está bien; esto dará motivo a confusiones, el coronel no sabrá quién es el culpable, y tu…

DON BENIGNO.- Eso, eso… y tú completas el favor saliendo a comprarme  unos zapatos…, porque como no he traído más calzado que el puesto, y el coronel tiene la compañera de esta bota, si se fija y ve que es de becerro, dice: “de don Benigno es”, y me tritura.

 

Merino se mete en su cuarto escondiendo la bota de mujer. Es muy importante que Amalia, su mujer, no sepa nada, ya que es muy amiga de Marina, la mujer del coronel, Roque Pulgar. Le da 10 reales para comprar los zapatos (10 € al cambio actualizado.)

 

Pero Amalia, revisando entre las cosas de su marido, encuentra la bota de mujer y sospecha que Merino le engaña con otra. Don Benigno se la encuentra llorando y le explica que Merino es ¡un coleccionista de botas!, pero no cuela. Amalia aguantará sin montar un escándalo hasta que lleguen al pueblo.

 

En la siguiente escena se ve a un huésped cojo, que es el comisionista, compra ropa interior al por mayor en diferentes lugares del país.

 

Sale el coronel Pulgar, Roque Pulgar, está buscando al dueño de la bota que ha encontrado junto a la cama de su mujer. Piensa en pedir ayuda a alguien…, a don Benigno, se decide al fin.

 

(Acto I; Escena VII.)

CORONEL.- ¿Usted ve esto? (Le enseña un revólver.)

DON BENIGNO.- (Se separa.) ¡María Santísima!

CORONEL.- ¿Qué es esto?

DON BENIGNO.- ¡Yo…, no sé…, pero parece un revólver!

CORONEL.- ¡Sí, señor, para castigar a un criminal! Y usted es…

DON BENIGNO.- (Huyendo.) Yo… (Muy asustado.)

CORONEL.- (Le coge.) El hombre que me hace falta para descubrirle.

DON BENIGNO.- (¡Ay!) ¡Cuente usted conmigo para el descubrimiento!

CORONEL.- Anoche entró en mi cuarto un infame.

DON BENIGNO.- ¡Ya lo sé!

CORONEL.- ¿Cómo que lo sabe usted?

DON BENIGNO.- ¿Pues no me lo acaba usted de decir?

CORONEL.- Amedrentado por la enormidad del delito que fraguaba huyó dejando una bota suya y llevándose una de mi esposa, y al llevarse la de mi esposa, ¿usted sabe lo que ha hecho?

DON BENIGNO.- Sí, señor; ha descalabrado el par.

CORONEL.- No, señor; ha inferido una herida sangrienta a un Pulgar.

DON BENIGNO.- ¿Pisó a la señora?

CORONEL.- No, ha pretendido pisar mi honra; de modo que en cuanto yo sepa quién es, ¿ve usted este revólver?

DON BENIGNO.- (¡Cáscaras!) (Oculta el pie.)

CORONEL.- Seis tiros…

DON BENIGNO.- ¡Seis!

CORONEL.- ¡Seis balas!

DON BENIGNO.- ¡Doce!

CORONEL.- Las seis en el cráneo.

DON BENIGNO.- ¡Diez y ocho!

CORONEL.- ¡Y le cortaré la lengua!

DON BENIGNO.- ¡Diez y nueve! (¡Ay!)

CORONEL.- (Le coge por las solapas.) Por lo tanto: ¡Tú has sido! ¡Muere, infame!

DON BENIGNO.- (Horrorizado.) ¡Yo…! ¡Ay…! ¡Coronel!

CORONEL.- ¡No; digo que “¡muere, infame!” es lo primero que le digo en cuanto le vea, y prum! ¡Prumrumpumpum!

Don Benigno intenta disuadirle de matarle y le pide que le escuche, igual todo ha sido una equivocación.

 

HISTORIAS DE ARNICHES NÚMERO 8

(Acto I, Escena VII.)

DON BENIGNO.- Sí, señor; mire usted; una vez le ocurrió lo mismo que a usted a un amigo mío; entró en su cuarto por la noche y lo primero que vio fue a su mujer durmiendo y debajo de la cama dos botas de hombre.

CORONEL.- ¿Y qué hizo?

DON BENIGNO.- Pues cogió las botas y se encontró con que dentro de ellas tenía metidos los pies un teniente de carabineros. Bueno, pues aquello, no fue ni más ni menos que una equivocación.

CORONEL.- ¿Cómo una equivocación?

DON BENIGNO.- ¡Sí, señor; una equivocación del teniente que creyó que el marido estaba fuera…!

CORONEL.- ¡Y el marido le mataría…!

DON BENIGNO.- ¡Quiá! Hizo más, le cogió en vilo, le bajó la escalera, le dejó en la calle y le dijo: “¡Señor teniente, si sigue usted con esta conducta va usted a dar lugar a que me incomode!”. Y claro, el hombre se fue corrido.

 

Le propone un método para encontrarle: organizar un baile de salón en el hotel, de forma que pueda ver los pares de zapatos de todos.

 

En la escena VIII, el camarero, les dice que al inquilino de la 12, Don Inocente, le falta el zapato izquierdo. El coronel quiere ir a por él. Don Benigno interrogará a solas a don Inocente. Resulta que es un joven “calavera” de Jaca, al que aconseja huir para no morir a manos del coronel. Pero no le hace caso y ¡decide avisar a la policía!

 

Todo se complica para don Benigno.

 

En la escena XI aparece Marina, la mujer del coronel, bien entrada en carnes, y que fantasea con el hombre de la bota al que ella debe rechazar; en sus fantasías el hombre insiste e insiste…

A renglón seguido aparece Amalia, la mujer de Merino, llorando desconsolada por la segura infidelidad de su marido con Marina: ¡Merino con Marina!

 

Ya tenemos dos que pueden cargar con la culpa: Inocente y Merino, pero aparece de nuevo el camarero con un nuevo dato: el cojo que se acaba de marchar, el comisionista, es al que le faltaba la bota izquierda. Ahora ya son tres sospechosos, y además uno se ha marchado, con lo que es perfecto para echarle la culpa. Don Benigno abandona la escena feliz.

 

En la siguiente escena, la hilaridad está asegurada: el cojo, ha perdido el tren y ¡se ha vuelto al hotel! Sale de la escena y aparecen Marina y Benigno felicitándose mutuamente por la idea de echar la culpa al cojo “que ya no está”.

 

De repente, don Benigno, ve al cojo y se queda aterrado. Le aconseja huir pero no le hace caso. Marina ya le ha contado que ha sido el cojo quien entró cuando… el coronel aparece en escena y le ve.

 

(Acto I, Escena XIX.)

DOÑA MARINA.- ¡Roque, por Dios…, detente!

DON BENIGNO.- ¡Suéltele usted, coronel, que es inocente!

DON INOCENTE.- No; yo no he sido. Yo soy de Jaca.

COJO.- (Asustado.) Era un bull – dog

DON BENIGNO.- ¡No le llame usted perro, hombre!

COJO.- ¡Si digo el revólver!

Revólver Bull – Dog. www.wikipedia.org

 

DOÑA MARINA.- ¡Cálmate, cálmate! Roque…, que no es este el criminal.

CORONEL.- ¿Que no?

DON BENIGNO.- No, señor; hemos averiguado que no es cojo.

COJO.- ¿Que no soy cojo?

DON BENIGNO.- Cojo, sí; pero no es usted el criminal…

COJO.- ¡Y qué he de ser…! Yo soy comisionista…, altas novedades.

CORONEL.- ¿Y por qué me había dicho usted que era este el infame?

COJO.- ¡Ah…! En géneros de punto.

DOÑA MARINA.- ¡Cállese usted, hijo!

DON BENIGNO.- Pues yo lo dije para salvar a otro.

DOÑA MARINA.- Roque, voy a decir la verdad, ya que no podemos salvar a su amigo.

DON BENIGNO.- Dígalo usted todo; le encargaremos unas misas, y que sea lo que Dios quiera.

DOÑA MARINA.- Pues ha sido el señor Merino.

CORONEL.- ¡Su amigo de usted!

DON BENIGNO.- Sí, señor. ¡El!

CORONEL.- ¿Y dónde está, dónde está ese hombre?

SEÑOR MERINO.- (Entrando sin tener conocimiento del peligro.) ¡Señores! (Escena XX.)

DON BENIGNO.- ¡Ábrete tierra!

COJO.- ¡Lo tritura! ¡Lo tritura!

SEÑOR MERINO.- ¡El coronel! (Escondiendo los zapatos.)

CORONEL.- Venga usted acá. ¡Canalla! ¡Y no esconda eso! ¡Lo sé todo!

SEÑOR MERINO.- ¡Ah! ¿Pero lo sabe todo? (A don Benigno.)

DON BENIGNO.- ¡Sí! Creo que sí, no sé…

MERINO.- Pues usted dispense coronel; sé que lo que he hecho es en contra de usted; pero yo estas cosas no las hago más que por los amigos…

CORONEL.- ¿De modo que confiesa usted que entró en mi cuarto?

SEÑOR MERINO.- ¡Yo…!

DON BENIGNO.- (¡Di que sí…, que yo le sujeto!)

SEÑOR MERINO.- (¡Quita hombre!) ¡No, señor; yo no he sido!

DOÑA MARINA.- ¡No lo niegue usted, sabemos lo que es una pasión!

SEÑOR MERINO.- ¡Qué pasión ni qué zanahorias, señora! ¿Quién ha dicho que he sido yo?

DOÑA MARINA.- ¡Su esposa de usted me lo ha dicho!

DOÑA AMALIA.- (Entrando.) ¡Yo, sí, que te encontré en un bolsillo la bota! (Escena XXI.)

SEÑOR MERINO.- ¡Pero si esa bota es la que me dio Benigno!

CORONEL.- ¡Usted!

DON BENIGNO.- No, no…

CORONEL.- ¡Ah, granuja!

DON BENIGNO.- ¡Por Dios, coronel, no me haga daño!

COJO.- ¡Lo tritura! ¡Lo tritura!

DOÑA MARINA.- ¡Cálmate!

DON BENIGNO.- ¡Señores, perdón! ¡Sí, yo he sido, la verdad! Yo perdí las cerillas y entré por equivocación en su cuarto. ¡Esto es todo! Si por esto merezco los dieciocho tiros, guárdese usted muy bien de tirármelos, que se va a quedar usted sin municiones.

CORONEL.- ¿De modo que no ha entrado usted más que por equivocación?

DON BENIGNO.- ¡Mire usted la cara a su señora!

CORONEL.- ¡Es verdad!

DOÑA MARINA.- ¿Qué?

DON BENIGNO.-             Nada, que es verdad.

Conque ustedes dispensen.

Si la suerte es favorable,

y el público siempre amable,

nos dispensa sus favores

falta lo más agradable:

aplaudir a los autores.

 

Telón.

 

MENSAJES DE ARNICHES

 

MENSAJE NÚMERO 67: La traición a la amistad es intolerable para Arniches, y siempre tendrá su castigo, no es posible que habiendo pedido ayuda a un amigo, acabes dejando que él cargue con tu delito.

 

MENSAJE NÚMERO 68: El riesgo del alcohol, de la juerga, de la vida desordenada, puede que te lleven a meter la pata, meter el pie izquierdo, o a que todo te salga mal.

 

MENSAJE NÚMERO 69: El perdón lo puede todo: puede con la cobardía, con la deslealtad, con el miedo, con el error de no haber dado explicaciones en su momento. Para Arniches, el perdón es la solución de los conflictos.

 

MENSAJE NÚMERO 70: La mofa que hace Arniches sobre las “tradiciones obsoletas” representadas por el personaje cómico del coronel.